
Contrastan la fragilidad y la temperatura de la carne con la dureza y el frío del acero. De ahí los guantes protectores que se ha colocado la operaria. De ahí los cascos con los que preserva sus oídos del ruido ensordecedor de la factoría. Así se ha vuelto el mundo: duro y frío y ensordecedor. En mis caminatas, alcanzo a veces el borde de una de las carreteras de circunvalación de Madrid y permanezco allí, observando el otro lado, asombrado de hallarme tan cerca y tan lejos de él al mismo tiempo. Apenas unos metros nos separan, pero son unos metros de negro y duro asfalto…